¡SUBAMOS AL CARMELO!


¡Subamos al Carmelo! Es una invitación a ponernos en camino, a despojamos de todo aquello que entorpece caminar con libertad hacia la cima del Monte, al encuentro con Dios. Allí, en lo alto, nos encontraremos con el rostro materno de María y la voz potente de Elías que nos llaman a vivir, después de un camino de ascesis, la mística de un espíritu de familia que lucha a diario por alcanzar la santidad de Dios.

Desear la santidad no es una evasión de la vida real, aunque para el mundo de hoy lo pueda ser. Para el Carmelo, la búsqueda de la santidad es parte esencial de su carisma y de su espiritualidad.

Aunque Elías no forma parte cronológica de la historia carmelita, sí está presente en su realidad, porque el Carmelo siempre se ha visto reflejado en Él y ha tomado del profeta su espíritu. El fuego de Elías ha sido una llama inextinguible que, de generación en generación, se ha mantenido ardiendo en el corazón de cada carmelita. Estos herederos espirituales del Profeta vivieron en la soledad de Palestina arropados y protegidos por el manto de la Madre, a la que se consagraron y por la que ofrecieron su vida a Dios. Con María y Elías estos hombres recios, acostumbrados a sacrificios y renuncias, han sido “llama” ardiente del espíritu, “como abejas del Señor” (J. de Vitry)

La sangre derramada por los hermanos del Monte Carmelo tras la invasión sarracena de Jerusalén, será semilla fecunda para los carmelitas que, de vuelta a Europa, les tocó enfrentarse a una sociedad adversa y a una cultura diferente. Será la protección constante de la Virgen María y la fe inquebrantable de la vocación recibida, las que les ayudarán a superar los obstáculos y a insertarse en la vida de la Iglesia y de la sociedad, sin perder su identidad contemplativa.

A partir del siglo XIII hay una expansión de la Orden por toda Europa a pesar de vivirse un profundo cambio social, con la entrada en escena de movimientos que cuestionaban la existencia de Dios. El laicismo se irá infiltrando progresivamente, incluso dentro de Iglesia, provocando un pseudocristianismo, que dio lugar al Cisma de Occidente.

Este proceso laicista que invadió la vida y la cultura de toda la sociedad, no paralizó la vida cristiana, sino que provocó una reacción positiva de la Iglesia, que supo contrarrestar su dominación. Surgió el gran deseo de volver al Evangelio, de vivir la santidad, así como un florecimiento de las letras y de las artes.

Los Institutos religiosos se renovaron y el Carmelo, en particular, no cesó de dar preciosos ejemplos de solidez espiritual. San Angelo Mazzinghi (†1438), el beato Bartolomé Fanti (†1445), el beato Bautista Mantuano (†1516), el beato Juan Soreth (†1471), el beato Tomás Netter (†1430), son figuras que dan prueba de ello.

En España, el Carmelo del siglo XVI alcanzará las cotas más altas de la espiritualidad; es la llama de Elías, levantada para el mundo entero, por Teresa de Jesús (†1582) y Juan de la Cruz (†1591), a los que les toca llevar adelante la Reforma con el permiso del Padre General de la Orden. En el siglo XVII brilló con luz propia el venerable Miguel de la Fuente (†1635), uno de los grandes clásicos de la Mística Carmelitana.

En Italia inunda de luz el Carmelo Santa María Magdalena de Pazzi (†1607); En Francia aparece la llamada invasión mística con la espiritualidad de Juan de San Sansón (†1636) y Felipe Thibault (†1638); en los Países Bajos surge otro gran místico: el venerable Miguel de San Agustín (†1684)

En el siglo XVIII la llama de Elías continúa encendida con figuras como San Angelo Paoli (†1720) auténtico ángel de los hospitales de Roma. El Siglo XIX lo llena santa Teresa de Lisieux (†1897), doctora de la Iglesia. El siglo XX nos dejó un gran número de mártires que derramaron su sangre por Cristo, resaltando el Beato Tito Brandsma (†1942) y Edith Stein (†1942), víctimas del holocausto nazi.

Los santos, los mártires, las vírgenes y todos los ciudadanos del cielo que nos han precedido, entonan sus himnos de alabanza unidos a nosotros. Nuestras oraciones y las suyas se unen en nuestro camino hacia Dios, en nuestra búsqueda de santidad, en nuestro deseo de llegar a la cima de la perfección.

Bajo la mirada protectora de María, los frailes del Carmelo, envueltos en su capa blanca, siguen hoy en el mundo entregados al anuncio del Evangelio. La característica de su actividad pastoral es seguir a Cristo, proclamando las glorias de María y expandiendo por doquier el Santo Escapulario, signo de su consagración a la que, desde siempre, ha sido considerada como Madre, Patrona, Hermana y Señora del Lugar.

Desde el siglo XVI el Escapulario del Carmen continúa siendo bandera y baluarte de nuestro amor a la Virgen María. Junto al Rosario, es símbolo mariano universal. Es el hábito de una familia espiritual que tiene a María como Madre. Cuando lo llevamos con responsabilidad nos hace parte de una fraternidad universal, unida en la misma fe y en la misma esperanza.

¡Subamos al Carmelo! Cristo nos acompaña con María al encuentro de Dios Padre. Para trabajar juntos por curar las heridas existentes en nuestra sociedad y animar a todos los creyentes en Jesucristo a construir el Reino del Amor. Unamos nuestras manos y ofrezcámonos para dar Amor en un mundo que olvida a Dios que es el Amor. ¡Madre y Decoro del Carmelo, Ruega por nosotros!

P. Alejandro Peñalta, O. Carm.